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When a Parisian bookshop owner meets a globe-trotting photographer, a trail of misplaced postcards sparks a story of wit, warmth, and serendipity. Between cozy cafés and moonlit walks along the Seine, Postcards in Paris turns mystery into romance in the world’s most cinematic city. Coming soon to your story library—fall in love, one postcard at a time!
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La campana de la librería tintineó suavemente cuando Isabelle “Izzy” Marchand empujó la puerta de cristal. El aire de la mañana todavía olía a pan recién horneado de la boulangerie de la esquina, y las primeras luces del sol se filtraban entre las estanterías polvorientas. Su librería, Les Mots Perdus, siempre parecía un escondite del mundo exterior: rincones estrechos, mesas apiladas de novelas gastadas y un rincón donde los clientes dejaban notas olvidadas entre páginas amarillentas.
Mientras acomodaba una torre inestable de libros, una tarjeta color sepia resbaló al suelo. Era una postal antigua, con una fotografía del Sacré-Cœur al atardecer. En el reverso, una letra clara y algo apresurada decía:
“A veces pienso que las ciudades también guardan secretos. – E.R.”
Izzy sonrió. No era la primera vez que encontraba una postal perdida, pero esta parecía distinta, como si alguien la hubiera dejado a propósito. La guardó en el bolsillo de su delantal y continuó abriendo el local.
A media mañana, el tintineo de la campana anunció a un nuevo cliente. Un hombre alto, de chaqueta de cuero gastada y cámara colgada al cuello, entró con pasos seguros pero distraídos.
La campana de la librería tintineó suavemente cuando Isabelle “Izzy” Marchand empujó la puerta de cristal.
The bookshop bell tinkled softly as Isabelle “Izzy” Marchand pushed the glass door.
El aire de la mañana todavía olía a pan recién horneado de la boulangerie de la esquina, y las primeras luces del sol se filtraban entre las estanterías polvorientas.
The morning air still smelled of freshly baked bread from the corner boulangerie, and the first rays of sun filtered between the dusty shelves.
Su librería, Les Mots Perdus, siempre parecía un escondite del mundo exterior: rincones estrechos, mesas apiladas de novelas gastadas y un rincón donde los clientes dejaban notas olvidadas entre páginas amarillentas.
Her bookshop, Les Mots Perdus, always felt like a hideaway from the outside world: narrow corners, tables stacked with worn novels, and a nook where customers left forgotten notes between yellowed pages.
Mientras acomodaba una torre inestable de libros, una tarjeta color sepia resbaló al suelo.
As she straightened an unsteady tower of books, a sepia-colored card slipped to the floor.
Era una postal antigua, con una fotografía del Sacré-Cœur al atardecer.
It was an old postcard, with a photograph of Sacré-Cœur at sunset.
En el reverso, una letra clara y algo apresurada decía:
On the back, a clear and somewhat hurried handwriting read:
“A veces pienso que las ciudades también guardan secretos. – E.R.”
“Sometimes I think cities keep secrets too. – E.R.”
Izzy sonrió.
Izzy smiled.
No era la primera vez que encontraba una postal perdida, pero esta parecía distinta, como si alguien la hubiera dejado a propósito.
It wasn’t the first time she had found a lost postcard, but this one felt different, as if someone had left it there on purpose.
La guardó en el bolsillo de su delantal y continuó abriendo el local.
She slipped it into the pocket of her apron and continued opening the shop.
A media mañana, el tintineo de la campana anunció a un nuevo cliente.
By mid-morning, the bell’s chime announced a new customer.
Un hombre alto, de chaqueta de cuero gastada y cámara colgada al cuello, entró con pasos seguros pero distraídos.
A tall man, in a worn leather jacket with a camera hanging from his neck, walked in with steps both confident and distracted.
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